viernes, 13 de junio de 2014

Capítulo 1. Yo soy el Cazador

En la noche, los restos de lo que en un tiempo fueron una casa ardían ya lentamente, pues la madera hacía tiempo que se había consumido y lo único que quedaba en pie era una estructura de cenizas y polvo la cual amenazaba con desaparecer perdida en el viento en cuanto soplara la más mínima brisa.
La luna llena iluminaba la noche con su blanquecina y mortífera luz y se mezclaba con una versión más cálida de la misma proveniente de las ascuas, dando aun a pesar de ello, una ambiente lúgubre y triste.
Dos figuras yacían en el suelo y aquel hombre se acercó lentamente, con paso dubitativo y una respiración jadeante. Parecía que había estado corriendo y necesitaba recuperar el aire que le había faltado durante la carrera.
Cuando se encontró a escasos metros de aquellas figuras emitió un rugido lastimoso al aire y cayó al suelo de rodillas frente a ellos. Aunque las llamas lo habían consumido todo, aun quedaba remanentes humanos en aquellas dos masas oscuras y destrozadas. Una mujer... Y un niño... O lo que quedaba de ellos después de que sus cuerpos hubieran sido devorados por el cuarto elemento.
¿Cómo lo había podido permitir? En aquel momento se sintió abrumado y sintió un destello de claridad al ver como toda la felicidad que uno labra a lo largo de toda su vida puede llegar a desaparecer en tan solo unos pocos segundos. Y la prueba se encontraba allí, delante de sus propios ojos.
Realmente no podía asegurar el tiempo que estuvo allí de rodillas, lamentándose en un llanto silencioso que solo era acompañado por las saladas lágrimas que recorrían sus mejillas hasta perderse en su barba rala, pero para él solo pasaron apenas unos pocos minutos. Unos cortos minutos antes de escuchar el crujido de uno de los fragmentos de viga carbonizada que había caído al suelo y que ahora había sido pisada por unos pies.
Él ni si quiera se dio la vuelta. Sabía quien se encontraba detrás suya. Es más, sabía que, en cierto modo, aquella persona se encontraba relacionada con lo que acababa de pasar.
-Lo lamento...Azzael.
Aquella voz masculina se introdujo en la mente de Azzael y comenzó a rebotar por las paredes de su cabeza, dañándole cada vez que lo hacía. Ahora no necesitaba palabras de consuelo ni vacíos intentos de consuelo ante su pérdida. Lo que necesitaba era volver atrás en el tiempo, llegar antes y poder salvarlos... Esto era lo que necesitaba.
-Sabías que esto iba a pasar, ¿verdad?- dijo Azzael con un siseo entre sus dientes. Tenía la cabeza gacha, y los mechones de pelo castaño resbalaban por su frente para caer una ligera onda a escasos centímetros de sus labios.- Sabias que esto iba a ocurrir y ni si quiera me avisaste, ¿¡no es cierto?!
Fue en aquel momento cuando se giró hacia la persona con la que estaba hablando. La luz de la luna iluminaba una figura alta y corpulenta, un hombre de cabello rubio y mirada serena con el ceño ahora fruncido y una chispa de preocupación en sus ojos azules.
No respondió, simplemente siguió mirando a Azzael, de rodillas y con la mirada llena de furia.
-¡Contéstame!- exclamó arrojando las palabras hacia su interlocutor como si fuera un perro rabioso deseoso de lanzarse sobre su presa, pero que se hallaba preso e incapaz de moverse por culpa de estar atado con cadenas.
Otro breve silencio volvió a inundar el ambiente. Aquella noche ni los grillos cantaban. Se habían asustado, pues durante un tiempo las llamas habían inundado la zona con su luz, por lo que en aquel momento, ningún ser vivo, tanto plantas como animales, se hallaba presente.
-Sí.- dijo finalmente rompiendo aquel silencio que tanto perturbaba a Azzael.
-¡¿Y por qué no te dignaste siquiera a aparecer para prevenirme?!
-Tú mismo dijiste que no querías volver a saber nada de nosotros ni seguir formando parte de esto.
-¡Pero no a costa de esto, Raguel! Ne... Nerissa... ¡Mi hijo Nicolas, maldita sea! ¿¡Los dos han sido quemados vivos y tú ni te has parado a pensar en ellos!? ¿Después de lo que he hecho por vosotros? ¡No hay justicia en esto!
Azzael sonaba desesperado. Según hablaba se hacía más patente en su mente que lo que había ocurrido era realidad. Su mujer y su hijo estaban muertos, habían sido asesinados por los demonios y el Arcángel de la Justicia, aquel que estaba a su lado, solo podía decir que ni había intentado ayudarlos.
-No confundas la justicia con el destino, Azzael. Ambos sabemos que no está en mis manos cambiar lo que va a pasar.- exclamó Raguel con seriedad.- No mancilles esa virtud con palabras negras...
-Destino...- Azzael soltó una breve risa sarcástica con la mirada perdida en el suelo.- Esa es la misma palabra que me dijiste hace veinte años.- calló unos segundos para agarrar con fuerza y rabia la tierra calcinada que había bajo la palma de su mano. Se sentía traicionado, pequeño en aquel mundo y completamente perdido.- Pero ya no me creo tus palabras, Raguel. Ni las tuyas, ni las de Uriel, ni las de ningún arcángel que se encuentre en los Altos Cielos.
-Te advertí que no podrías huir de tus orígenes, Azzael. Que al final acabarían por encontrarte y que posiblemente sufrirías cuando llegara el momento. Me temo que ese día a llegado y es imposible dar marcha atrás.
Raguel comenzó a acercarse lentamente a él. Las ascuas comenzaban a extinguirse y lentamente la luz de la luna llena se hacía más potente sobre las calcinadas ruinas. A lo lejos comenzó a escucharse una sirena de policía, aun muy lejana, pero poco a poco se iba acercando.
-No nos queda mucho tiempo, Azzael. Es hora de que vuelvas con nosotros.
-¿Para qué? ¿Para volver a luchar en una guerra sin sentido? ¿En una batalla que no tiene fin? ¿Acaso piensas que mi hijo y mi mujer son el precio que debo de pagar para ayudaros a ganar? 
-Bien sabes que el destino es inexpugnable. Os toca a todos y una vez que te marca... no puedes huir de él.
Raguel avanzó ligeramente la mano. Un destello deslumbró completamente los ojos de Azzael, los cuales se habían acostumbrado a la penumbra del ambiente. Con un ruido metálico, dentro de la luz la mano de Raguel alcanzó algo y se cerró entorno a ello. Cuando la luz se extinguió, Azzael pudo ver como lo que tenía agarrado era una ballesta de mano, pero no una ballesta cualquiera; ésta presentaba una especie de filamentos brillantes marcados en su madera y que fluían de unos a otros como si de pequeñas serpientes se tratasen.
-Tómala, Azzael. Cumple tu deber. Hazlo por ellos. Por todos...
Estaba conmocionado y aun así no supo por qué alargó la mano para coger el arma. Durante aquellos cinco años, no nada que deseara tanto volver a ver y al mismo tiempo perder de vista como aquella ballesta.
En el mismo momento en el que puso sus manos sobre el arma, un grito conocido se extendió rápidamente por el aire, a lo que Azzael se obligó a elevar la vista para ver un destello blanco atravesar el cielo.
-Flecha...-susurró al ver al halcón gerifalte blanco que volaba a toda velocidad y se posaba en el brazo que acababa de extender para facilitar el aterrizaje del ave.
-Te ha echado mucho de menos todo este tiempo.-explicó Raguel mientras contemplaba como el halcón abría las alas y se atusaba con rapidez las plumas sobre el brazo de su dueño.
La mirada de Flecha hizo que poco a poco Azzael se llenara de una determinación que creía extinta. Sentía las ganas de reclamar venganza sobre aquellos que le había arrebatado su vida y en aquel momento fue cuando se dio cuenta de que ya no le importaba aquella batalla entre el cielo y el infierno. Ahora lo único que deseaba con todo su ser era ver derramada la sangre de los verdugos de sus seres queridos aunque tuviera que consumirse en su propio ácido. Frunció el ceñó y fijo sus ojos azules en Astilla, la ballesta de mano mágica; con ella y con Flecha, como antaño, reduciría a polvo a sus enemigos.
Acto seguido, Azzael se impulsó con sus propias piernas y se puso de pie al tiempo que hacía desaparecer a Astilla en la misma luz con la que había aparecido minutos antes.
-Esto ya no lo hago por vosotros, Raguel, que quede claro. Lo hago por mí mismo, y en el momento en el que acabe con Iridial mi misión habrá concluido. Después podréis destruiros entre vosotros mismos y llevaros a la humanidad por delante, no me importa.
Raguel sonrió y puso su mano en el hombro contrario en el que se encontraba Flecha, el cual lo miró con la infinita sabiduría de la que se caracterizaban sus ojos.
-Me alegra tenerte de vuelta, Azzael.- dijo mientras apretaba ligeramente su hombro con la mano.
Las sirenas de policía atronaban ahora el lugar, Raguel se apartó de él con rapidez y Flecha salió volando hasta perderse en el horizonte.
-Bajaré de nuevo en un par de días y volveremos a hablar Azzael. Antes de que empieces a buscar a Iridial hay algo muy importante que debes saber. Vuelve a Nueva York, allí te encontraré.
Y diciendo esto, la silueta de Raguel comenzó a hacerse cada vez más difusa hasta que desapareció y en un su lugar solo quedó un rayo de luz que se elevó con rapidez hacia arriba para perderse de vista en la inmensidad de la bóveda celeste como si de una estrella fugaz se tratase.
Volvió a darse la vuelta y contempló los cuerpos de su esposa y su hijo una vez más mientras el lugar comenzaba a llenarse de miembros de la policía nacional, que comenzaron a acordonar el perímetro.

La música rock sonaba de fondo en el local formando un hilo musical que particularmente desagradaba a Azzael. No obstante, lo que le preocupaba era acabarse su copa de Gin Tonic mientras esperaba a una de las decenas de personas que había en el pub. Se trataba de un joven que en aquel momento se encontraba en la pista de baile, juntándose peligrosamente con una chica que posiblemente acababa de conocer aquella noche. De vez en cuando lanzaba mirada furtivas y ponía los ojos en blanco cuando se percataba de que aquellos dos estaban más juntos de lo que podría considerarse como la "distancia de seguridad".
Al cabo de un rato aquellos dos salieron por la puerta trasera del pub, y Azzael, pagando la cuenta de su bebida, se levantó y fue abriéndose paso entre la multitud danzante hasta llegar a la misma salida de emergencia por la que habían salido los dos jóvenes.
Esa salida daba directamente al callejón de la parte de atrás del local, en el cual se encontraban los contenedores de basura que utilizaban los dueños para tirar los restos de la noche anterior. En aquel momento, el chico tenía a la joven contra la pared, agarrada del cuello con una mano que brillaba peligrosamente de color rojo. Azzael pudo comprobar que el demonio estaba realizando un hechizo de absorción de vida. De inmediato, el grito de Flecha atravesó el cielo, lo que provocó que el demonio perdiera concentración y elevara la vista para después detenerla sobre aquel que lo estaba observando y emitir un sonido renqueante y lastimero. Soltó a la chica, la cual cayó al suelo tosiendo y agarrándose el cuello con ambas manos, y corrió hacia él con velocidad.
En un rápido movimiento, Flecha se lanzó contra él, haciéndole perder por un momento la visión de su objetivo. Cuando pudo volver a distinguirlo, éste se hallaba ahora a su derecha, alejado y con Astilla en su mano, la cual disparó una flecha que impactó en su cabeza.
Con un grito muy similar a un lamento, el demonio cayó al suelo boca arriba y comenzó a desintegrarse poco a poco hasta que solo quedaron unas cenizas negras.
-¡Dios mío, ¿qué era aquello?!.- exclamó la chica con voz asustada y jadeante, aun con las manos sobre su cuello.- Me has salvado la vida, eres un ángel.
-No.- respondió secamente Azzael elevando a Astilla y haciéndola desaparecer en un destello de luz.- Soy un cazador.

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